Radio: concesiones desvirtuadas

Hace tiempo que en la radio mexicana se perdió el sentido original del término “concesión”. Se supone que el objetivo de solicitar autorización para operar comercialmente una frecuencia radiofónica por parte de un empresario o una empresa era el de manejarla por sí mismo con el fin de obtener una utilidad y también de expresar ideas a través de la programación. Esa forma de ver las cosas existió entre los pioneros de la radio mexicana y permaneció al menos hasta los años sesenta. El radiodifusor, aun el más pequeño, decidía el contenido de sus transmisiones, podía, por supuesto, entablar alianzas con las grandes emisoras o los grandes grupos radiofónicos para que les suministraran programas, asistencia técnica (con lo cual se consideraba “afiliado” a una cadena radiofónica), pero finalmente él seguía decidiendo sobre el manejo de su estación.

Grandes y chicos

A partir de los años setenta, especialmente, las cosas han cambiado en la industria radiofónica. Aunque el sentido original sobre lo que significa una concesión sigue prevaleciendo en muchos radiodifusores del país, otros tantos han decidido entregar el manejo de sus estaciones a grupos radiofónicos nacionales que, de esa manera, logran incrementar su número de emisoras afiliadas, la cobertura de sus transmisiones y, en consecuencia, sus ingresos, pues a mayor cobertura pueden cobrarse tarifas más altas.

Puede resultar comprensible que un pequeño radiodifusor, en algún estado de la república, llegue a la conclusión de que difícilmente podrá competir en el mercado de los anunciantes con los grandes grupos radiofónicos y entonces decida ceder a alguno de éstos la operación de su emisora a cambio de una renta; con eso tiene un ingreso seguro y probablemente se quite de problemas al no tener que encargarse él mismo de vender publicidad, operar técnicamente la emisora, programarla y manejarla administrativamente.

Esta forma de “afiliar” estaciones en diversos lugares del país ha sido la fórmula seguida por los grupos radiofónicos para tener “cadenas” con varias decenas de estaciones distribuidas en “red nacional”. De esas 60 0 70 afiliadas que el grupo puede tener, seis o siete son concesiones suyas, que le han sido otorgadas a través de empresas propiedad del grupo, pero el resto son afiliadas, o sea estaciones que radiodifusores, generalmente pequeños, les han cedido para programarlas a cambio de una renta. Se trata de asociaciones completamente legales en tanto la Ley Federal de Radio y Televisión no prohíbe que se efectúen.

Especulación radiofónica

Se puede entender y hasta justificar que un radiodifusor pequeño, cuyo único patrimonio es la emisora que posee, ceda la operación de ésta a un grupo radiofónico al no poder competir en el mercado. A pesar de ello, existen radiodifusores pequeños que han resistido la tentación y se empeñan en seguir siendo eso, radiodifusores y empresarios, y continúan manejando personalmente su negocio con todo el riesgo que implica.

Lo que no parece comprensible ni justificable es que grupos radiofónicos cedan a otros la operación o la programación de una emisora. En este caso puede hablarse de incapacidad profesional o bien de una suerte de especulación radiofónica; se trata de entidades que se dedican a la actividad radiofónica comercial y, sin embargo, prefieren no asumir los riesgos que ésta implica, por lo que prefieren quitarse de problemas y ceder la administración de una emisora a otra entidad interesada en explotarla: “Tengo un bien, pero como no quiero administrarlo o no poseo la capacidad para hacerlo, te lo rento”.

A partir de los años noventa del siglo XX, se han incrementado los casos de grupos radiofónicos que deciden rentar a otros una estación al no sentirse con la capacidad para hacerlo por sí mismos. Veamos algunos ejemplos.

Rentas radiofónicas

En agosto de 1993, la emisora XHFO, 92.1 Mhz, en el Distrito Federal, propiedad del empresario Francisco Sánchez Campuzano, pasó a ser operada por el Grupo Radio Centro mediante un acuerdo entre ambas entidades. Radio Centro destinó esa frecuencia para desarrollar el proyecto de música “grupera” conocido originalmente como “Sonido Z” y posteriormente como “La Z” (actualmente la emisora más escuchada en el DF). En 1999, Radio Centro decidió trasladar “La Z” a la frecuencia de 107.3 Mhz, y “Radio Universal”, que ocupaba este canal, pasó a la 92.1 Mhz. El convenio entre Radio Centro y Grupo Siete para la operación de la frecuencia venció en 1998, pero fue renovado y extendido hasta enero de 2005.

En agosto de 1994, el Grupo Radiorama compró al Núcleo Radio Mil los derechos para explotar la emisora XEUR, 1530 Khz. En 1995, sólo un año después de haber adquirido la estación, Radiorama firmó un convenio con Grupo Siete, propiedad de Javier Sánchez Campuzano, para que éste operara durante dos años la XEUR; de esta manera, de 1995 a 1997, la estación llevó el nombre de “Cambio 15:30” y difundió “programación hablada”. Al término del convenio, Radiorama retomó el control de la estación, le puso el nombre de “La Poderosa” y la dedicó a difundir “música grupera”. La accidentada existencia de XEUR sumó otro cambio en octubre de 2001, cuando el empresario Alejandro Burillo Azcárraga llegó a un acuerdo con Radiorama para rentar la emisora e iniciar un proyecto de “radio hablada” denomidado “Red W Interactiva”, el cual fracasó (duró del 22 de octubre de 2001 al 18 de febrero de 2002) y arrojó pérdidas económicas calculadas en un millón de dólares para Burillo. Radiorama retomó la operación de la XEUR que hoy lleva el nombre de “Frecuencia Positiva”.

A finales de 1992, el Instituto Mexicano de la Radio (IMER) decidió ceder en renta la operación de la emisora XHOF, 105.7, entonces llamada “Estéreo Joven”, a la empresa Radio, SA, la cual le cambió el nombre a “Láser FM”. En 1994, el IMER retomó la operación de los 105.7 Mhz. Desde finales de los noventa, esa emisora es la que más audiencia tiene y la que mejor comercializa entre las operadas por el IMER, con el nombre de “Orbita 105.7”.

Finalmente, en noviembre de 2002, el IMER cedió en renta a la agencia Detrás de la Noticia la emisora XEDTL, 660 Khz. A su vez, Detrás de la Noticia cedió a la Organización Radio Fórmula el derecho de programar esta frecuencia y promoverla comercialmente, como parte de ese grupo, con el nombre de “Comunicación 660 Radio Fórmula”. Es el ejemplo más reciente de estas “rentas radiofónicas” no siempre existosas.

The New York Times asume sus errores

The New York Times acaba de publicar una autocrítica histórica: sus errores en la presentación de los acontecimientos de Irak. Señala varios artículos, entre 2001 y 2003, como prueba de los equívocos cometidos, por afán de tener una exclusiva o por deserción crítica ante la manipulación del gobierno. De una forma u otra, uno de los periódicos más importantes del mundo (la BBC de Londres debió reconsiderar, igualmente, su información bajo la apelación de un juez y, por ello, destituyó al presidente de la inmensa institución) ha tenido el coraje, la decisión ética y la voluntad explícita de asumir, por sí, ante sí y ante el mundo, su responsabilidad en la interpretación de tapas claves de las informaciones sobre Irak. El gran periódico concede que, pese a la “primera página” y, por tanto, a tenor de la importancia del espacio ocupado, los artículos no se merecían el crédito que tuvieron. Declaración sobrecogedora que devuelve al periodismo su función fundamental de comunicar sólo la verdad y hacer posible, a su vez, que la verdad sea una parte esencial de la relación moral entre la sociedad civil y los medios.

No creo que sea necesario decir más: la enorme fortaleza que es The New York Times nos devuelve la esperanza. Voltaire es nuestro guía: “Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero daría mi vida para que usted pueda decirlo”. Todo dicho.

Según The Almanac of American History, de Arthur M. Schlesinger y John S. Brown, el primer número de The New York Daily Times (pronto The New York Times) se publicó el 18 de septiembre de 1851. Su editor, Henry J. Raymond, personaje múltiple (había nacido en una granja de Nueva York en 1820) se interesó por el periodismo, trabajó como reportero y llegó a ser miembro de la Asamblea de la Ciudad en tanto que whig o liberal. El éxito obtenido por uno de sus antiguos directores (en el diario Tribune) le condujo a reunir, con George Jones, los 70 mil dólares que consideraron suficientes para comenzar la operación. Operación que sería una de las más exitosas del mundo: cuatro páginas, en su inicio, y una decisión: información precisa y de un conservadurismo moderado. Los estudiosos de la época señalan que, en su primer número, el mundo, Inglaterra, aparecía bajo este prudente ejercicio de política internacional: “Día calmo en Londres”. Entre las noticias locales una, sobre lo que hoy denominamos los derechos humanos, alarmaron a los 12, sólo 12, miembros del staff del nuevo periódico. Una mujer embriagada, trasladada a una estación de Policía, murió en ella. El periódico asumía un diagnóstico: la mujer tenía 35 años, estaba enferma bajo los efectos del delirium tremens. El periódico se interroga sobre las causas de su muerte en la sede policiaca.

El editor, Henry Javis Raymond, era amigo de Lincoln y desde The New York Times, como atalaya, entraría el problema de la esclavitud, la Guerra Civil y el asesinato del liberador de los esclavos en 1865. Ya para entonces el número de ejemplares del periódico se elevaba (datos para 1861) a 75 mil ejemplares. Eran los años previos a la Guerra Civil que tuvieron una “explosión” literaria: la novela de Harriet Beecher Stowe, Uncle Tom`s Cabin, es decir, La Cabaña del Tío Tom. Se hacía, en ella, el relato de los sufrimientos de los esclavos que huían del sur al norte. El libro apareció en puestos de venta el 1 de abril de 1851 y su éxito fue fulgurante: 10 mil ejemplares en la primera semana. Antes de un año 300 mil aunque en Inglaterra llegaron pronto a un millón y medio.

El 6 de noviembre de 1860 (Harriet Beecher Stowe publicó su segunda novela antiesclavista en 1856), Lincoln fue elegido presidente de EU. En orden al “voto popular” obtuvo un millón 866 mil 452 votos y Douglas, por su lado, un millón 376 mil 957. Respecto de los votos electorales (el país tenía 33 estados) Lincoln contó con el apoyo de 18 estados; Douglas tres estados y el tercer candidato, en “votos populares”, Brechkinridge, reunió, en su favor, a la mayor parte de los estados del sur. En 1861 la Guerra Civil fue un hecho. El 1 de enero de 1863 Lincoln firmó la Ley de Emancipación de los Esclavos en todos los estados en rebelión. El 14 de abril de 1865, cuando apenas se celebraba el fin de las batallas, Lincoln fue asesinado en un palco del teatro Ford de Washington, por John Wilkes Booth, un sudista de origen inglés, actor de teatro que tenía, en su repertorio, las obras más trágicas de Shakespeare. Brutal lección de la existencia memorable y terrible. La Guerra Civil se cobró 234 mil vidas humanas; hubo 332 mil heridos y su costo económico se elevó a 4 mil millones de dólares.

Ese periodo es importante y decisivo en la expansión nacional de The New York Times. Según el notable testimonio de Gay Talese, The Kingdom and the Power, los reporteros que cubrieron la Guerra Civil estuvieron en los lugares más peligrosos y en algunos casos sus periodistas fueron acusados de espías y, en otros, anticiparon noticias bélicas que, en la edad de las comunicaciones inciertas para los Estados Mayores, pudieron causar problemas graves.

En la Revolución Cubana los periodistas de The New York Times hicieron universal el nombre de Fidel Castro y, en los años de Sierra Maestra, ese periódico divulgó y exaltó un proceso que, en estos momentos diseña, entre el embargo y la aparición del exilio moderado en Cuba, el tránsito hacia una etapa de condena del bloqueo, por el nuevo concilio entre exiliados y cubanos, y una irreprimible apertura. The New York Times, que rectifica y esclarece, con gran valor ético, muchas de sus informaciones sobre Irak seguramente, desde esa admirable autocrítica, el diario podrá observar los problemas mundiales, cubanos y latinoamericanos, desde una perspectiva histórica que no da la razón a George W. Bush.